Kéfir casero – sano sanísimo

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¡Tan sano que – para mí – no hay nada más rico para desayunar!

Todo lo que necesitas para hacer tu propio kéfir en casa es Nódulo de Kéfir…  que no se compra – se regala. Hay hasta una red mundial que lo redistribuye gratuitamente y como se regenera constantemente, una vez que lo tienes, puedes regalar a familiares y amigos que quieran disfrutar se sus propiedades benéficas para la salud.

Propiedades:

* aporta bacterias probióticas beneficiosas para el aparato digestivo – puede cambiar la microflora de tu   intestino e incluso eliminar bacterias que no convienen

* reduce síntomas de problemas digestivos como hinchazón, dolor de estómago, gases

* acelera la recuperación después de padecer diarrea (tanto para niños como para mayores)

* acentúa tu sistema inmunológico

* te aporta lactasa – la encima que descompone la lactosa

* reduce el colesterol malo

* promueve la proliferación de componentes químicos esenciales en tu cuerpo

… y es tan fácil de elaborar:

Añades el nódulo de kéfir a leche fresca de vaca, cabra o incluso de soja (la proporción es aproximadamente 3 cucharas para un litro de leche). Si es leche ecológica mejor que mejor. Déjalo en un bote de cristal cerrado (si la tapa es de metal pon una telita entremedias) y ponlo en un lugar oscuro, de temperatura de ambiente, durante 24 a 48 horas – según el espesor que deseas.

Después separas el nódulo de lo que ya es kéfir con un colador de plástico o de tela. Es importante que toda la manipulación se haga con una pala de madera o de plástico – nunca de metal.

Si dejas reposar el kéfir en la nevera unas horas gana mucho.

El nódulo lo vuelves a meter en leche en un recipiente limpio – cuenta más o menos con que el kéfir necesita un tercio de aire en el bote para poder fermentar correctamente si la tapa cierra herméticamente.

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Si te vas de viaje puedes guardar el nódulo en leche en la nevera, donde la fermentación por frío es más lenta, o incluso congelarlo.

Yo recomiendo añadir fruta, nueces, semillas de lino y de calabaza.

Se puede endulzar con miel, sirope de agave o de arce.

¡Gracias Alex!!!

 

 

Los suecos y la leche

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Todos los mamíferos (entre los que nos incluimos los humanos) nacen con la lactasa: un enzima que se encarga de digerir la lactosa, que es el azúcar de la leche. Una vez acabado el periodo de lactancia (aproximadamente entre los 2 y 4 años en humanos), la lactasa deja de expresarse, por lo tanto, ya no podremos digerir más lactosa. La intolerancia a la lactosa afecta al 75% de la población mundial, aunque su prevalencia no está repartida por igual – depende de la región y la etnia. Esta variación es el resultado del proceso evolutivo de las diferentes poblaciones humanas influidas por el clima de la región en la que se asentaron.
Hace decenas de miles de años, algunas poblaciones humanas comenzaron a domesticar animales, y descubrieron que la leche era una gran fuente de alimento. A muchos le sentaba mal pero algunos eran capaces de digerirla porque poseían una mutación genética localizada en el gen de la lactasa que hacía que no se desactivase y continuase expresándose más allá de la niñez.
Cuando nuestros antepasados llegaron a las tierras frías del norte de Europa poco pudieron cultivar debido al clima y la única alternativa era sobrevivir de lo que les daban sus animales; carne, leche y huevos (sobre todo leche y huevos, ya que eso no implica matar al animal). Este panorama pintaba muy mal para los intolerantes a la lactosa (que serían los “normales”), que estaban condenados a morir. Pero los que poseían la mutación pudieron nutrirse de leche durante toda su vida y por lo tanto obtener alimento aunque no hubiera cosechas y sobrevivir y reproducirse en esa tierra hostil. Los hijos de estos supervivientes tendrían también la mutación, y también podrían sobrevivir, y generación tras generación se fue repitiendo el proceso. Ahora mismo el 95% de la población escandinava es portador del gen lactasa mutado.